pastoras de la sierra de Madrid

Soñaban con ir a la escuela y hoy tienen tanto que enseñar: la historia de las pastoras de la sierra de Madrid

Cuando el sol llegaba al Pico de la Miel, las niñas pastoras del Valle Bajo del Lozoya sabían que era la una y había llegado la hora de comer. No necesitaban reloj para medir el tiempo, ni mapas para encontrar el camino de vuelta. Conocían las fuentes donde podían beber, las plantas que crecían a su alrededor y las piedras por las que era posible cruzar un arroyo sin mojarse los pies. Mientras vigilaban los rebaños, aprendían a coser, hacían medias con la lana de sus ovejas y se enseñaban unas a otras todo aquello que nadie les había explicado en un aula.

Muchas de ellas soñaban con ir a la escuela, pero la necesidad de trabajar las obligó a crecer demasiado pronto. Hoy, décadas después, aquellas niñas que apenas tuvieron oportunidades de estudiar visitan colegios para compartir sus conocimientos con los más pequeños. Y descubren, con cierta emoción, que aquello que durante tanto tiempo pareció no tener valor es precisamente lo que más despierta la curiosidad de los niños.

«Antes los mayores no te valoraban y estos niños te valoran», cuenta una de las protagonistas de El legado de las pastoras, el documental que recoge las experiencias de estas mujeres de la Sierra Norte de Madrid. Sus palabras resumen una historia de trabajo, renuncias y desigualdad, pero también de amistad, ingenio y una forma de vida que todavía tiene mucho que enseñar.

El proyecto ‘Las Pastoras del Valle Bajo del Lozoya’, impulsado por María Julián Prados desde la Mancomunidad del Embalse del Atazar, recupera la memoria de una docena de mujeres que dedicaron buena parte de su vida al pastoreo.

Niñas que cambiaban los libros por las ovejas

A algunas les tocó aprender a cuidar un rebaño cuando apenas habían cumplido cinco o seis años. El campo se convirtió en su escuela, aunque no siempre por elección propia. Mientras otros niños se preparaban para ir a clase, ellas salían con las ovejas y pasaban horas solas, lejos de casa y de cualquier adulto que pudiera ayudarlas.

Una de las mujeres recuerda el miedo que sentía cuando se quedaba sola con los animales. Si se echaba a llorar, una vecina que la escuchaba levantaba un pañuelo blanco para hacerle saber que estaba cerca. Aquel pequeño gesto bastaba para que la niña supiera que no estaba completamente sola.

El trabajo, sin embargo, no dejaba demasiado margen para la infancia. «A las diez los muchachos iban a la escuela. Para mí era la hora que me mandaban con las ovejas», recuerda una de las protagonistas. En aquella época, la educación tampoco se consideraba igual de necesaria para las niñas que para los niños. Ellos debían aprender a escribir para poder enviar cartas cuando se marcharan al servicio militar; a ellas les decían que, para coser o remendar, no hacía falta estudiar.

Algunas intentaban escaparse un rato para acercarse al colegio con otras niñas, hasta que sus madres volvían a llamarlas para que regresaran al trabajo. Otra apenas pudo asistir unos días a clase antes de que su madre comunicara a la maestra que debía dejarlo porque necesitaban que cuidara el ganado.

La profesora, doña Paquita, encontró una alternativa: le propuso que acudiera por la noche para llevarse unas muestras de escritura y unos números con los que practicar durante el día. «Y así aprendí algo», recuerda.

Aquella pequeña oportunidad fue suficiente para que pudiera aprender algunas cosas, pero no borró el deseo de haber tenido una infancia diferente. Entre las aspiraciones que todavía recuerdan aparecen aprender a cortar vestidos y blusas para convertirse en modistas, o sacarse el carné de conducir. «Para ir donde yo quisiera», explica una de ellas.

Otras soñaban con marcharse a Madrid después de ver cómo regresaban al pueblo las jóvenes que habían encontrado una vida fuera de la sierra. Eran deseos sencillos, pero representaban algo mucho más grande: poder elegir qué hacer con sus propias vidas.

Una escuela al aire libre donde se aprendía entre compañeras

Aunque el trabajo las mantenía alejadas de las aulas, aquellas niñas no dejaron de aprender. Lo hicieron juntas, compartiendo conocimientos y ayudándose cuando alguna no sabía cómo resolver una tarea.

Si una no conseguía hacer el talón de un calcetín, otra se ofrecía a enseñárselo. En el campo aprendieron a coser, bordar y hacer punto, habilidades que resultaban esenciales en una época en la que la ropa se aprovechaba hasta el último hilo.

La lana de sus propias ovejas tenía una segunda vida entre sus manos. La lavaban, la hilaban y la transformaban en jerseys y medias para protegerse del frío. Sus madres también realizaban estas tareas en casa, a menudo a la luz de un candil. Para salir a pastorear contaban con prendas como el zagalejo, una capa que las protegía de la lluvia y las bajas temperaturas, además de mantas y albarcas.

La colaboración entre mujeres era una forma de aprendizaje, pero también una manera de salir adelante. En un entorno en el que las obligaciones apenas dejaban espacio para ellas mismas, compartir lo que sabían permitía resolver problemas cotidianos y hacer más llevadera una vida exigente.

María Julián Prados, impulsora del proyecto, destaca precisamente esa capacidad de apoyarse unas a otras. «Las mujeres han encontrado en la ayuda mutua y en el cuidado común un pilar fundamental para la supervivencia», explica en el documental.

Y quizá por eso, cuando recuerdan aquellos años, no todo es tristeza. También aparecen los juegos improvisados, las canciones y los bailes de los domingos. Dibujaban tableros de tres en raya sobre la tierra y aprovechaban cualquier momento para divertirse juntas. Cuando podían, recogían pronto el ganado para cenar, ir al rosario y llegar al baile.

«La vida ha sido muy dura, pero para mí también ha sido muy bonita», resume una de ellas.

Sabían leer el cielo cuando no tenían reloj

Su conocimiento del territorio iba mucho más allá de encontrar el camino de vuelta. Las pastoras sabían dónde había agua, qué plantas crecían en cada zona y dónde podían resguardarse cuando el viento apretaba. Si necesitaban beber de una fuente, colocaban un pañuelo para filtrar el agua. Si llegaba el mal tiempo, buscaban refugio tras las paredes de piedra.

También habían desarrollado una manera propia de medir el paso de las horas. El sol les servía de referencia y, a lo lejos, podían distinguir el brillo de la chapa del coche de línea que bajaba hacia Madrid. Al final del día, la aparición del llamado lucero borreguero les indicaba que había llegado el momento de regresar.

La naturaleza era su reloj, su mapa y su principal fuente de información. Un conocimiento adquirido a base de observar, repetir y prestar atención, que hoy puede parecer extraordinario en una sociedad acostumbrada a consultar cualquier dato desde el móvil.

En verano, algunas pasaban incluso las noches junto al ganado. Dormían sobre costales rellenos de paja o encima de unos tomillos, cubiertas con una manta y pendientes de cualquier ruido. Si los cencerros empezaban a sonar y las ovejas se movían, tocaba levantarse para comprobar qué ocurría.

Una de ellas todavía recuerda cómo se llevaba al campo pan mojado en leche de cabra recién ordeñada. Son detalles pequeños, casi domésticos, que permiten reconstruir una forma de vida que no aparece en los grandes relatos históricos, pero que marcó la infancia y el futuro de muchas mujeres de la comarca.

«Es nuestra historia»: recuperar una memoria que también pertenece a los pueblos

La idea de reunir estos testimonios surgió cuando María Julián Prados empezó a escuchar a mujeres mayores que contaban que habían sido pastoras. Lo que inicialmente podía parecer una experiencia aislada resultó ser una realidad mucho más extendida por el Valle Bajo del Lozoya.

El proyecto recoge las vivencias de Alfonsa Valle y Felisa García, de Cervera de Buitrago; Anastasia Sanz, Aquilina Gómez, Dionisia Isabel del Moral y María García, de El Berrueco; Isabel Martín y Cecilia García, de El Atazar; Juana Ramírez, de Cinco Villas; Juana García, de Paredes de Buitrago; Eugenia García, de Serrada de la Fuente, y Teófila Suárez Martín, que comenzó a pastorear en Robledillo de la Jara.

Sus historias permiten entender cómo era la vida de las mujeres rurales, pero también cuestionan qué experiencias se han considerado dignas de conservar y cuáles han quedado relegadas al ámbito privado.

«El invisibilizar estos legados es dejar a un lado parte de la historia. Es nuestra historia», reivindica Julián Prados.

El documental no pretende idealizar una infancia en la que faltaron oportunidades y sobraron responsabilidades. Su valor está en escuchar a quienes vivieron aquella realidad en primera persona y reconocer que detrás de cada rebaño había niñas que también tenían deseos, inquietudes y sueños propios.

Las nuevas pastoras encuentran en ellas un referente

Esa recuperación de la memoria tiene una segunda dimensión: el encuentro entre las mujeres que pastorearon décadas atrás y quienes hoy han decidido dedicarse a la ganadería.

Clara Benito, del proyecto Entrelobas, encuentra en las mayores una fuente de conocimiento para su propio trabajo con los animales y los sembrados. Le interesa saber cómo organizaban el pastoreo, cuántas cabezas de ganado podían mantener y qué soluciones encontraban para afrontar las dificultades cotidianas.

«Todo mi afán es copiar lo que ellas hacían», señala. Para ella, conversar con estas mujeres es un regalo, tanto por sus ganas de contar sus experiencias como por su interés en escuchar a las nuevas generaciones de ganaderas.

Ana Ruiz, de Granja Prados Montes, pone el foco en la dureza de una infancia en la que muchas asumieron responsabilidades desde muy pequeñas y apenas recibieron reconocimiento por su trabajo. «Ellas tienen toda la sabiduría», afirma.

También reivindica la presencia actual de mujeres al frente de explotaciones ganaderas con una reflexión que va más allá del pastoreo: «No quiere decir que no estuvieran antes, es que ahora se nos ve».

La frase resume una parte importante del sentido de este proyecto. Las mujeres rurales no han llegado ahora al campo: llevan generaciones trabajando en él, aunque su papel no siempre haya sido reconocido.

De cuidar ovejas a enseñar en los colegios

Hoy, aquellas niñas que deseaban ir a la escuela atraviesan las puertas de los colegios para compartir con los alumnos aquello que aprendieron lejos de las aulas. La iniciativa forma parte de las Redes de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid y transforma sus recuerdos en una experiencia educativa que conecta generaciones.

Los niños escuchan sus historias, preguntan cómo era la vida en el campo y se acercan a objetos que forman parte de esa memoria. Algunos se prueban las albarcas; otros quieren aprender a hilar. Lo que durante años fue una rutina de trabajo se convierte ahora en un descubrimiento para quienes han crecido en un mundo muy diferente.

Para las pastoras, encontrarse con esos niños supone también una forma de reconocimiento. Aquello que antes apenas se valoraba despierta ahora interés, preguntas y admiración.

«A mí eso me da vida», confiesa una de ellas.

Quizá sea esa la imagen que mejor resume el legado de estas mujeres: las mismas niñas a las que se apartó de la escuela para cuidar ovejas son hoy quienes enseñan a los alumnos a mirar el mundo de otra manera. Les hablan del cielo, de los animales, de la lana y de la importancia de ayudarse unas a otras.

Y, de paso, les recuerdan algo que también merece aprenderse en cualquier aula: que una historia no deja de ser importante porque durante mucho tiempo nadie se haya detenido a escucharla.

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