En esta calle resiste el último kiosko horchatero de Madrid, un negocio familiar centenario que sigue elaborando horchata, agua de cebada y granizado de limón de forma artesanal.
Ideas e ingredientes americanos, italianos, españoles, cubanos y suizos se mimetizan, a su manera, con el bocadillo para calar en la oferta gastronómica madrileña.