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Ana Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo: «La chulería es como el rock and roll: decadente y sexy»

«Madrid Q&A» es una indagación, en forma de cuestionario, sobre la relación personal de vecinos o visitantes de Madrid con la ciudad. Y, quien dice la ciudad, dice del Xanadú al pico de Peñalara: que Madrid, ya lo sabemos, no es tanto un callejero como un estado mental.

Elige verdad frente a entelequia; por eso, el Madrid de Aurora Nacarino-Brabo no es una estampa costumbrista, sino que está impregnado del crudo encanto de lo real.  Su feudo es el Arlanza a su paso por Retuerta: lo que queráis. Pero conoce cada nota de esa cadencia que desfallece entre estancos, gestorías y bajos derecha; y el rumor de olas que esconde, para quien sepa auscultarlo, el lento respirar del tráfico. Sólo quien está enamorado de lo real es capaz de transformarlo: ése es el signo que preside la trayectoria de Aurora, su actividad política y parlamentaria y cada línea de sus siempre certeros análisis. Su mención a los Burning puntúa doble, claro. Sabe que en el asfalto se abren de pronto alcorques donde el futuro arraiga de un día para otro.

1.¿Cuándo le dan a uno el carnet de madrileño?

Madrid no reparte carnets. Esa es su gracia.

2. ¿Qué es lo mejor de un gato? ¿Y lo peor?

Lo mejor y lo peor de los gatos viene a ser lo mismo: de noche, todos son pardos.

3. ¿Dónde queda el ascensor para ir de Madrid al cielo?

En sus bares: qué lugares.

4. ¿Cuál es el último amanecer que ha visto o, en su defecto, el que no olvidará nunca?

Detesto madrugar. Así que el último amanecer que vi debió de ser saliendo de Siroco. Pero, ¡ay!, de todo empieza a hacer demasiado tiempo.

5. ¿Una alcoba en el centro, o un palacio en las afueras?

Nunca he vivido dentro de eso que llaman con afectación “la almendra central”, así que no lo echo de menos. Crecí extramuros de la M-30, en Moratalaz, un barrio que supo remozar su alma obrera para dar cabida a las legiones que se incorporaron a la clase media española en los años 90. Un barrio feo, culturalmente yermo; un barrio decente, al cabo.

Ahora vivo en Las Colmenas, esas moles formidables de Banús, a medio camino entre la vivienda social de Falange y el racionalismo de Le Corbusier, que el franquismo proyectó para las clases bajas y que se hicieron famosas cuando Almodóvar asomó por uno de sus balcones prietos y angostos a Carmen Maura. Las Colmenas son reacción y vanguardia, un barrio que forjó su identidad entre mercerías y puticlubs. No hay modernos. Me gusta.

Maura se asoma a Las Colmenas en la película

¿Qué He Hecho Yo Para Merecer Ésto! (1984)

6. Desmiéntame un tópico sobre Madrid o los madrileños.

De los madrileños se ha dicho siempre que son chulos. Pero no seré yo quien lo desmienta. La chulería es como el rock & roll: decadente y sexy.

7. Ahora, confírmeme otro.

Madrid: demasiados coches, demasiada gente, demasiada prisa. Y está bien así.

8. ¿Cuál es el mejor momento del año para degustar Madrid?

Madrid siempre está guapa, pero no se la pierdan en primavera, cuando se deja pasear sin abrigo y sin sudores, con permiso de las pandemias.

9. ¿En qué rincón de la ciudad se cita con la nostalgia?

En el cuarto piso de la esquina de la calle Hermosilla con Lagasca todavía juega mi primera infancia. Allí nació mi abuelo Mario, en 1916, y allí envejeció con mi abuela, frente a una estufa catalítica. Era una renta antigua, una de esas casas viejas y grandonas, sin ascensor, en las que cada piso recorría cuatro tramos de escaleras y no había dos peldaños iguales. Tenía verdaderos descansillos, en los que mi abuela se sentaba a recuperar el aliento cuando la insuficiencia cardíaca le empezó a dar la lata.

Por ese suelo que siempre nos astillaba las manos, mis hermanos y yo desparramamos toneladas de juguetes que guardábamos en tambores de detergente, hasta que un día mis abuelos se compraron por fin una casa, ya octogenarios, en San Blas. A mi abuela, cambiar el barrio Salamanca por lo que hasta hacía poco había sido el poblado de Los Focos le pareció lo más: ¡Casas nuevas, pequeñas, con calefacción y ascensor! El bienestar era eso. Y mi abuela era el optimismo bípedo. A mí me dio una bajona terrible.

Hoy, en la esquina de Hermosilla con Lagasca hay un hotel sin descansillos, sin astillas y sin alma.

10. ¿Para qué sirve una olimpiada?

Era pequeña cuando los Juegos del 92 y no los recuerdo. En todo caso, estoy a favor de celebrar el deporte. Siempre.

11. ¿Qué le enamora más… de Barcelona?

Estoy enamorada de Barcelona. A Barcelona no le falta nada para ser la mejor ciudad del mundo. Pero, a veces, lo que marca la diferencia no es lo que te falta, sino lo que te sobra.

12. ¿Quién es Madrid hecho carne?

Los Burning.

13. ¿De qué piezas consta su día diez en Madrid?

Desde el exilio republicano, el socialista Luis Araquistáin, que, por cierto, había contribuido con entusiasmo al clima de enfrentamiento (en el 34 se había lamentado de que en España había habido “muy poca guerra civil” y escribió eso de “venga un poco de caos”), arrepentido, abatido, dijo algo así como que todo lo que deseaba en la vida era pasear por el Retiro y comprar libros de viejo en la Cuesta de Moyano.

A nosotros no nos ha tocado una guerra, pero sí una pandemia. Yo ya solo quiero salir a cenar con Jorge de la mano, y tomar la última en el bar de Gonza.

Librerías de la Cuesta de Moyano

14. ¿Cuál es el himno no oficial de Madrid?

Supongo que es Pongamos que hablo de Madrid, una canción escrita por un genio canalla de Úbeda que retrata la capital como una espiral de vicios, malos humos y perdición. Una ciudad insana de la que no puedes salir. De la que no quieres salir. Pero no hay ofensa, porque Madrid es como Suzanne en la canción de Leonard Cohen: justo cuando quieres decirle que no tienes amor que darle ella te hace comprender que siempre has sido suyo.

Madrid no podría arrobarse cantando que desde arriba de un campanario puede ver el campanario vecino. En cambio, te hace un himno con una jeringuilla abandonada en un lavabo. Sabina cambió el final de la canción hace años (“aquí he vivido, aquí quiero quedarme”) para tratar de hacer justicia a esta ciudad que nos mira y no nos juzga. Está bien, pero Madrid sabe que no hacía falta.

15. ¿Qué vista de Madrid le hace olvidar el mar?

Para ver el mar en Madrid hay que cerrar los ojos. Creo que esto que voy a decir es de ser muy lúser, pero, desde mi terraza en el piso 12 de Las Colmenas, el tráfico de la M-30 suena como una marejada amable.

16. ¿Callos o sushi? Y, ya que estamos, ¿Lucio o DiverXo?

Nunca he estado en DiverXo, pero soy muy transversal y promiscua gastronómicamente hablando: me hacen feliz las alcachofas de El pimiento verde, los calamares de El Brillante, el steak tartar de Askua Barra o las bravas del Docamar. Y, sobre todas las cosas, la tortilla de mi padre. Me gusta mucho comer, me gusta casi todo y me gusta probar cosas nuevas. Es fatal para la dieta, eso sí.

17. ¿Cuál es su rasgo más inequívoco de madrileñismo?

Soy más chula que un ocho. Y más del Madrid que don Santiago Bernabéu.

18. ¿A quién le alfombraría de claveles la Gran Vía?

A mi abuela Carmela, claro. Se pasó la adolescencia en los cines de Gran Vía. En guerra, sus padres le tenían prohibido alejarse de su barrio, pero nadie obedece a sus padres a los 18 años. Se escapaba con las amigas (entre ellas, mi otra abuela, Carmen) a los cines, y muchos días la sesión se veía interrumpida por las sirenas que anunciaban los bombardeos en la cercana Ciudad Universitaria. Entonces abandonaban la sala a toda prisa y bajaban corriendo la calle Montera hasta llegar al metro de Sol. El tren llegaba petado, pero la abuela Carmen, que era, según Carmela, “muy fortacha”, hacía hueco a empellones para que cupieran todas. Siempre lo he imaginado como una escena de suburbano japonés.

Cuando la abuela Carmela ya era muy mayor, volvíamos a la Gran Vía en coche para ver las luces de Navidad (le entusiasmaban, como a mí) y alguna vez empujé a toda velocidad su silla de ruedas por delante de la Telefónica (la melena corta y plateada al viento, la risa ancha), como un bólido nonagenario y feliciano.

La Gran Vía iluminada en Navidad

19. ¿Hay vida más allá de la M-30?

En Las Colmenas, que se yerguen a orillas de la M-30, vivimos 20.000 personas. Deben de tener una de las mayores densidades de población de España. Pero esa es solo una parte de la historia. Cuando llega el viernes, subo las perras al coche, pongo cualquier disco de Van Morrison, me incorporo a la A-1 y ya no me detengo hasta llegar a Retuerta. En Retuerta viven 50 personas, quizá no hagan una treintena en invierno.

Ese contraste de demografía y de paisaje habla de quién soy yo. ¿Hay vida más allá de la M-30? La vida que va de la Puerta de Alcalá al Palacio Real es buena, pero la vida en los sabinares del Arlanza, esa, esa es la vida mejor.

20. ¿Cuál es el secreto mejor guardado de su Madrid?

Madrid es deslenguada, descarada, desvergonzada, desmelenada: no sirve para guardar secretos. Yo, en cambio, los guardo estupendamente: tengo una memoria tan mala que los olvido todos.

21. ¿Y su último descubrimiento en la capital?

Llego tarde a todas partes, también a los sitios de moda. Mi último descubrimiento, suponiendo que pudiera recordarlo, probablemente cerró hace tiempo o ya no es lo que era.

22. ¿Qué vez se dejó el corazón en Madrid, como Chavela?

Madrid era una ciudad extraña hace ocho años. Mamá había muerto, yo había roto con mi novio de la adolescencia y acababa de regresar de trabajar en Inglaterra. Entonces apareció Jorge. Bueno, en realidad no apareció, porque lo conocí virtualmente, en Twitter. Jorge vivía en Bruselas. Nos vimos por primera vez aprovechando que él volvía a casa de visita. Pasamos unos días juntos y luego nos despedimos en el metro de Ventas. Mi amigo Toni Roldán siempre dice que Jorge es como John Wayne. Es la forma graciosa de sugerir que no es un tipo romántico. Nos dijimos adiós. Jorge fue un seco. No importó: ahí se quedó mi corazón, en el metro de Ventas.

23. Lugar de Madrid en que ha sido más feliz

Recuerdo un sábado que fuimos a comer en familia a Alfredo’s. Mamá, papá, mis hermanos, quizá mi abuela, y yo. Mamá se había puesto muy guapa (era muy guapa). Llevaba una falda roja larga, con un par de volantes (qué habrá sido de esa falda), y una camiseta negra de escote asimétrico, sin mangas. El único problema es que se había quemado el bigote haciéndose la cera. Nada grave. Le habíamos sugerido que dejara la quemadura al aire, pero ella pensó que quedaría mejor taparla. Mamá era, al contrario que yo, muy coqueta.

Así que se había colocado un apósito blanco y aparatoso bajo la nariz, una especie de cartulina que le confería un aspecto grotesco. Ridículo. Cuánto más ridículo en contraste con el resto de su aspecto. Cuando se acercó el camarero a tomarnos nota, ella comenzó a hablar muy seria, con esa elegancia tan suya. Pero con un apósito gigante en el bigote. Era como si Groucho Marx se hubiera teñido de blanco el mostacho. Total: todos, incluido el camarero, estallamos inmediatamente en una carcajada.

No creo que sea mi momento más feliz, pero sí es un recuerdo feliz que vuelve de tanto en tanto.

24. Mejor lugar para aprender algo de un hijo

No tengo hijos todavía. ¿Es una indirecta?

25. Si se pierde, ¿dónde la encontramos?

Bañándome en la presa del monasterio de Arlanza, tomando un Aquarius en La Bombi de Retuerta o comiendo guisantes con jamón en el Tiky de Covarrubias, espiando a los corzos en la sierra de Mamblas o corriendo hacia Contreras, por el camino que lleva a Sad Hill. Pero mejor no vengan a buscarme.

Ana Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo, periodista y diputada en el Congreso por Ciudadanos.