La salud mental, la ansiedad social y el suicidio son grietas de nuestra sociedad. Una sociedad que ha ido escondiendo sus problemas hasta llegar a convertirlos en tabús. Por ello, hacer un musical que gire en torno a ellos, además de complicado y sensible, se presenta como un reto.
Y, sin embargo, hay historias que necesitan ser contadas. ‘Querido Evan Hansen’ llega al Teatro Rialto de Madrid con una historia que habla de soledad, de la necesidad de sentirse querido y de hasta dónde puede llegar alguien cuando lo único que desea es dejar de sentirse invisible.
Después de emocionar a espectadores de Broadway y Londres, este musical, que se estrena en Madrid este jueves 23 de octubre, se adentra en una realidad especialmente cercana: la de quienes, rodeados de gente, sienten que no terminan de encontrar su lugar en el mundo.
El dolor de sentirse invisible
Evan Hansen tiene 17 años y, como tantos adolescentes, intenta encontrar su sitio. La diferencia es que, para él, relacionarse con los demás supone un desafío constante: tiene ansiedad social. Su terapeuta le recomienda escribir cartas dirigidas a sí mismo en las que explique ‘Por qué hoy va a ser un buen día’. Una forma de intentar ordenar sus pensamientos y aprender a convivir con una ansiedad que le hace sentir que no termina de encajar en ningún sitio.
Porque, a veces, la soledad no consiste en estar solo, sino en sentir que nadie puede verte, que nadie sabe lo que te pasa por dentro. Puedes estar rodeado de gente y, aun así, sentirte invisible. Puedes compartir espacio con otras personas sin llegar a sentir que formas parte de algo.
Esa necesidad de conectar, de que alguien nos mire de verdad y nos haga sentir que importamos, atraviesa toda la historia de Evan. Hasta que una carta suya acaba en manos de Connor Murphy, un compañero de instituto con el que apenas tiene relación. A partir de ahí, y tras el suicidio inesperado de Connor, se desencadenan una serie de acontecimientos que lleva a Evan a enfrentarse a una decisión complicada: contar la verdad y arriesgarse a perder aquello que siempre ha deseado o mantener una mentira que, poco a poco, se le va de las manos.
Y es ahí donde Querido Evan Hansen empieza a incomodar, porque no plantea una historia sencilla de buenos y malos. Nos pone delante de una persona que comete errores, que toma decisiones cuestionables y que, en el fondo, también busca desesperadamente sentirse querida.
Dos horas y media con el corazón encogido
El musical dura aproximadamente dos horas y media, con un descanso de quince minutos. Y esos quince minutos se agradecen. No solo para levantarse de la butaca o tomar algo, sino también para respirar, ordenar lo que acabamos de sentir y coger fuerzas para afrontar el desenlace.
Porque hay momentos en los que la historia emociona hasta las lágrimas, pone la piel de gallina y consigue que empaticemos con un dolor ajeno e invisible, pero real.
Uno de los grandes aciertos de la obra es precisamente ese: recordarnos que no siempre sabemos qué está viviendo la persona que tenemos delante. Detrás de una sonrisa, de una conversación aparentemente normal o de alguien que parece tenerlo todo bajo control, puede haber una lucha que desconocemos.
La puesta en escena acompaña ese viaje emocional y utiliza recursos visuales relacionados con las redes sociales y la forma en que nos comunicamos hoy en día. Sin embargo, el peso de la historia recae en las personas, en sus contradicciones y en aquello que no siempre somos capaces de decir en voz alta.
Canciones que llegan donde no llegan las palabras
La música es otro de los puntos fuertes de Querido Evan Hansen. Las voces impresionan y las canciones tienen esa capacidad de quedarse dando vueltas en nuestra cabeza mucho después de abandonar el teatro. No son solo números musicales que acompañan la historia: ayudan a entender lo que los personajes sienten cuando las palabras no les bastan.
Hay frases que se quedan contigo, como «Quiero estar aquí… para siempre», que resumen ese deseo de encontrar un lugar al que pertenecer, de vivir un momento en el que todo parece estar bien y que querríamos detener para que no terminase nunca.
Y después llega el final, con una frase que concentra buena parte del mensaje de la obra: «Querido Evan Hansen. Hoy va a ser un buen día. Y he aquí por qué: porque hoy, al menos hoy, eres tú y… eso es suficiente».
Quizá ahí esté una de las ideas más bonitas del musical. No hace falta convertirse en otra persona, tener una vida perfecta o conseguir que todo el mundo nos quiera. A veces, el primer paso es aceptar quiénes somos y entender que ser nosotros mismos también debería ser suficiente.
Las redes sociales y el peligro de opinar desde una pantalla
Tras el suicidio de Connor, las redes sociales se llenan de mensajes sobre él. De repente, aparecen personas que aseguran haber sido sus amigos y otras que aprovechan lo ocurrido para ganar protagonismo. Todo el mundo parece conocerle, saber qué le pasaba y tener una opinión sobre su vida y su muerte.
Y es que parece que, cuando estamos detrás de una pantalla, se nos olvida que al otro lado hay personas. Personas que sienten, que sufren y que no siempre están preparadas para leer todo lo que los demás tienen que decir sobre ellas. Nos acostumbramos tanto a opinar sobre cualquier cosa que a veces no nos paramos a pensar en el daño que pueden hacer nuestras palabras.

Querido Evan Hansen te hace reflexionar sobre cuántas veces juzgamos sin conocer la historia completa. En lo fácil que es escribir un comentario y seguir con nuestro día sin pensar en cómo puede sentirse quien lo recibe. Por eso, antes de dar nuestra opinión sobre la vida de alguien, quizá deberíamos hacernos una pregunta: ¿me gustaría que me dijeran esto a mí si estuviera pasando por un mal momento? ¿Me ayudaría o solo conseguiría hacerme sentir peor?
A veces, no hace falta decir nada. No tenemos que opinar de todo ni convertir el dolor ajeno en un debate. Hay una frase que lo resume muy bien: ‘Si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, no lo digas’.
¿Está justificada una mentira cuando ayuda a aliviar el dolor?
¿Y si una mentira, por dolorosa que sea, también pudiera ayudar a alguien a seguir adelante? Es uno de los dilemas que plantea Querido Evan Hansen y que cobra especial fuerza cuando Zoe descubre que Evan le ha mentido. Su primera reacción es el enfado, y no es para menos: ha construido parte de su duelo sobre una historia que nunca fue real.
Sin embargo, un año después, cuando ambos vuelven a encontrarse, Zoe le confiesa que no le guarda rencor. Aquella mentira, pese a todo el daño que había causado, había dado a sus padres motivos para seguir adelante después de perder a su hijo.
«Todos necesitamos creer en algo, al fin y al cabo», viene a decir Zoe.
Es uno de esos momentos que emocionan, pero que también dejan preguntas difíciles de responder. ¿Hizo Evan lo correcto al mentir? ¿Puede justificarse una mentira si ayuda a alguien a sobrellevar el duelo? ¿Hasta qué punto una mentira puede aliviar el sufrimiento y cuándo empieza a hacer daño?
La obra no ofrece una respuesta fácil, y quizá ahí reside parte de su fuerza. Porque la vida tampoco suele ofrecerlas. Evan actúa movido por sus propias necesidades, pero sus decisiones terminan afectando a personas que también están intentando encontrar una manera de seguir adelante.
Y, mientras observamos cómo se desarrolla la historia, es inevitable preguntarnos qué habríamos hecho nosotros en su lugar. Si habríamos sido capaces de decir la verdad desde el principio o si, ante la posibilidad de sentirnos queridos por primera vez, también habríamos tenido miedo de perderlo todo.
Querido Evan Hansen no solo es un musical brillante y emotivo; también es necesario.
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